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La inconsistencia cultural, una de las causas de la falta de ética

Se da cuando existen divergencias entre los valores declarados y lo realizado. Provoca en los empleados desde falta de compromiso hasta acciones delictivas. La gerencia debe dar el ejemplo

A pesar de toda la literatura gerencial que preconiza la importancia de la ética a nivel de los negocios, no sólo para mantener y mejorar el posicionamiento corporativo, sino también para fortalecer el sentido de pertenencia y la productividad de los miembros de la empresa, el lema más apropiado en la actualidad para las organizaciones sería Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago.

Las colisiones entre lo que una organización dice y lo que realmente hace son moneda corriente. Y los empleados han aprendido rápidamente a distinguir entre el discurso y la acción. En el nivel grupal, estos mensajes contradictorios son el caldo de cultivo perfecto para la desconfianza hacia la gerencia, la apatía y el cinismo. Las respuestas que estos sentimientos generan en el nivel individual variarán según las distintas personalidades, al grado de inconsistencia que exista entre el discurso corporativo y las acciones que la empresa lleva adelante, y al ámbito en que estas incongruencias repercutan más fuertemente (el ambiente de trabajo, los beneficios, la comunidad, etcétera). Pero en cualquier caso esas respuestas no serán inocuas para la organización.

Entre las más comunes pueden mencionarse casos de relativo bajo impacto, como ser una alta tasa de rotación o poco compromiso con la organización y el trabajo. Otras pueden ser más dañinas, ya que la falta de ética empresarial puede llegar a presentar, a los ojos de algunos empleados, la justificación para encarar acciones delictivas como robos, malversaciones y contrabando de información o de influencias.

Varios tipos

Pamela Babcock, en un artículo publicado en HR Magazine en enero último, aborda este tema, al que bautiza como falta de consistencia cultural. Su análisis pone de manifiesto que pueden encontrarse diversas situaciones con ese concepto. La más evidente es aquella en que la inconsistencia obedece a una acción deliberada de la alta gerencia de la compañía.

Estos casos se manifiestan en un tratamiento claramente desigual entre los ejecutivos y el resto de los empleados, donde a estos últimos se les exige cumplir con los preceptos organizacionales mientras que los primeros consideran que las reglas no son aplicables a ellos y, por lo tanto, actúan como se les da la gana.

Según William Rothwell, profesor de la Penn State University, este tipo de comportamiento podría haber sido la causa del escándalo Enron. En estos casos, la inconsistencia es tan obvia y es percibida como algo tan injusto por la mayoría de los miembros de la organización que las consecuencias no tardarán en hacerse efectivas.

Otras situaciones de inconsistencia no obedecen a la acción voluntaria de los ejecutivos, sino a disparidades en la forma de comprender y poner en práctica las reglas por parte de los jefes. La mayoría de los profesionales de Recursos Humanos considera que los mandos medios son el eslabón crítico en la cadena cultural que une, o debería unir, a los empleados con la alta gerencia.

Además consideran que son los jefes y, particularmente, la primera línea de supervisión quienes terminan imprimiendo con más fuerza el tono cultural de la organización por medio de los valores y principios que ponen de manifiesto al hacer operativa esa cultura en las decisiones cotidianas.

Un ejemplo de inconsistencia cultural en este nivel sería el de la empresa que valora el trabajo en equipo y la colaboración, y premia estos comportamientos a la hora de evaluar el desempeño de los empleados, pero cuando existe un conflicto entre estos valores y otras consideraciones, por ejemplo, cumplir con los plazos de entrega, las acciones de los supervisores privilegian esos otros factores.

Por otra parte, se plantean situaciones en que los jefes consideran que están actuando según los parámetros culturales de la compañía, pero los empleados no lo ven del mismo modo. En estos casos, la inconsistencia no se da entre los valores declarados y los aplicados, sino entre distintas formas de demostrar dichos valores.

Aquí es donde se realza el valor de algunas herramientas como las encuestas de clima organizacional, que implican una aproximación al problema de abajo hacia arriba. Estas pueden complementarse con auditorías culturales u otros instrumentos de evaluación cultural que tienden a establecer cuáles son los valores que la organización desea mantener y a calificar las acciones que se toman en los distintos niveles de la empresa comparándolos con dichos valores.

Desde luego, nada de esto tendrá sentido si primero no se cuenta con un fuerte compromiso de toda la organización, pero particularmente de la alta gerencia, respecto de la importancia de alinear el discurso y la acción. Y el primer paso para lograr ese compromiso es tener en claro los serios problemas que puede acarrear un caso grave de inconsistencia cultural.


Por Gabriela López Galelo
Especial para La Nación