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Por
Joseph Stiglitz
La hora de la verdad en la
Cumbre del Clima
La reunión internacional que se está
celebrando en Bali tiene que establecer un marco para
tratar de impedir el inminente desastre del calentamiento
global y el cambio climático. Existen ya pocas
dudas de que los gases de efecto invernadero, como el
dióxido de carbono, están provocando grandes
cambios en el clima. También es evidente que esos
cambios van a tener unos costes astronómicos. El
problema ya no es si podemos permitirnos hacer algo, sino
cómo controlar las emisiones de manera justa y
eficaz.
El Protocolo de Kioto fue un triunfo importante, pero
dejó fuera el 75% de las fuentes de emisiones,
y Estados Unidos, el principal contaminante, se negó
a firmarlo (ahora que el nuevo Gobierno australiano ya
lo ha firmado, EE UU es el único que queda de los
países industrializados avanzados). No se impusieron
condiciones a los países en vías de desarrollo,
pese a que, en un futuro no muy lejano, van a producir
la mitad o más de las emisiones. Y no se hizo nada
sobre la deforestación, que contribuye tanto como
Estados Unidos al aumento de las concentraciones de gas
invernadero.
Estados Unidos y China se disputan el ser el mayor contaminante
del mundo; los norteamericanos llevan mucho tiempo ganando,
pero, en los próximos años, China les arrebatará
ese discutible honor. E Indonesia es el tercer país,
debido a su rápida deforestación.
Una acción concreta que debería tomarse
en la Cumbre del Clima de Bali es apoyar la iniciativa
de la Rainforest Coalition [Coalición de países
con bosques tropicales], un grupo de países emergentes
que quieren ayuda para conservar sus bosques. Estos países
proporcionan servicios ambientales por los que no se les
ha retribuido. Necesitan los recursos y los incentivos
que les permitan mantener sus bosques. Apoyarles tendría
unos beneficios muy superiores a los costes para todo
el planeta.
El momento de la reunión no es propicio. George
W. Bush, que lleva mucho tiempo mostrándose escéptico
a propósito del calentamiento global y mucho tiempo
empeñado en debilitar el multilateralismo, es todavía
presidente de EE UU. Sus estrechos vínculos con
la industria del petróleo hacen que se resista
a obligar a sus miembros a pagar lo que contaminan.
Aun así, los participantes en la reunión
de Bali pueden acordar una serie de principios que rijan
futuras negociaciones. Entre ellos, en primer lugar, que
las soluciones para el calentamiento global exigen la
participación de todos los países. Segundo,
que no debe haber nadie que se aproveche, de modo que
es posible y necesario imponer sanciones comerciales,
las únicas sanciones eficaces de las que dispone
en la actualidad la comunidad internacional. Tercero,
que el problema del calentamiento global es tan amplio
que es preciso utilizar cualquier instrumento.
La solución tiene que incluir mejores incentivos.
Sin embargo, existe una controversia sobre si es más
conveniente el sistema de canje de emisiones previsto
en el Protocolo de Kioto o un sistema basado en impuestos.
Lo difícil en el sistema de Kioto es asignar unos
topes que sean aceptables tanto para los países
desarrollados como para los emergentes. Conceder márgenes
de contaminación es como regalar dinero, quizá
incluso cientos de miles de millones de dólares.
El principio fundamental de Kioto -que a los países
que emitían más en 1990 se les permita emitir
más en el futuro- es inaceptable para los países
en vías de desarrollo, igual que la concesión
de mayores derechos de emisión a los países
con un PIB más elevado. El único principio
que tiene cierta base ética es la igualdad de derechos
de emisión per cápita (con algunos ajustes;
por ejemplo, Estados Unidos ya ha gastado lo que le corresponde
de la atmósfera del planeta, así que debería
tener menos márgenes de emisión). Ahora
bien, llevar este principio a la práctica implicaría
tales pagos de los países desarrollados a los emergentes
que, por desgracia, no es probable que los primeros lo
acepten.
El rendimiento económico exige que los que producen
las emisiones paguen el precio, y la forma más
sencilla de obligarles a hacerlo es mediante un impuesto
sobre el carbono. Se podría llegar a un acuerdo
internacional por el que cada país fije un impuesto
sobre el carbono, con un tipo aprobado de antemano (que
refleje el coste social global). Tiene mucho más
sentido fiscalizar las cosas negativas, como la contaminación,
que las cosas positivas, como el trabajo y el ahorro.
Un impuesto de este tipo aumentaría la eficiencia
mundial.
Como es lógico, a las industrias contaminantes
les satisface el sistema de canje. Aunque les ofrece unos
incentivos para que no contaminen, los márgenes
de emisión compensan mucho de lo que tendrían
que pagar con un sistema de impuestos. Algunas empresas
incluso pueden ganar dinero con la situación. Además,
Europa se ha acostumbrado al concepto del canje, y muchos
se resisten a probar una alternativa. Pero nadie ha propuesto
unos principios aceptables para asignar derechos de emisión.
A algunos no les preocupa esto. Como los países
en vías de desarrollo tienen más que perder
que los países desarrollados en el caso de que
no se haga nada a propósito del calentamiento global,
muchos creen que se les puede convencer, amenazar o empujar
a que den su aprobación a un acuerdo mundial. Los
países desarrollados no necesitan más que
pensar el precio mínimo que tienen que pagar a
los países emergentes para que éstos accedan.
Pero estos últimos sí están preocupados
por la posibilidad de que un nuevo acuerdo mundial sobre
emisiones, como tantos otros acuerdos internacionales,
les deje en una posición desfavorable.
Al final, es posible que impere la realpolitik. No obstante,
el mundo de hoy es distinto al de hace 25 años
e incluso al de hace 10 años. El florecimiento
de la democracia en muchos países emergentes significa
que sus ciudadanos exigen un trato justo.
Los principios cuentan. Los participantes en la Cumbre
de Bali no deben olvidar una cosa: el calentamiento global
es demasiado importante para que la cuestión tenga
que depender de otro intento de aprovecharse de los pobres.
Joseph E. Stiglitz es premio Nobel de Economía.
Autor de Cómo hacer que funcione la globalización.
(El País)
Diciembre de 2007
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